lunes, 30 de abril de 2007

Petro está de moda

22-Abril-2007

Petro está in, está de moda. También lo está Robledo, aquel agitado hombrecillo consentido por los medios y Gaviria, el voluminoso excandidato presidencial. El Polo, ese popurrí en perpetua amenaza de hacer implosión también está in; está de moda. Y si a Petro, Robledo, Gaviria y los demás camaradas, perdón, miembros del Polo, no les gusta Uribe y tampoco les gusta nada de su gobierno, bueno, entonces Uribe está out. Si hasta convencieron a Gore… qué duda queda.

Pero, ¿para quién está de moda este conjunto de eminencias? Pues, para la gente que importa, ¿no? Para un grupillo con aspiraciones a empresarios palaciegos (que ganarían más dinero cerrando el país al mundo), para el puñado de sindicatos defensores de sectores de ineficiencia hipertrófica (en perjuicio del bolsillo del ciudadano común y el contribuyente), para los periodistas oportunistas y para un elitista mundillo de algunos académicos e intelectuales (que lo digan los que por nuestras aulas vemos.)

Si no se está de moda, ni pensar en ejercer la crítica contra quienes lo están. Natural y razonable es que Robledo hable de “parauribismo”. Y que el Politburó, perdón, la dirigencia del Polo hable del actual gobierno y del presidente en los más insólitos términos, atacándole con la más variada gama de insultos. Que alguien, dentro o fuera del gobierno critique a su vez al Polo y sus miembros es acción censurable que amerita inmediato y visceral repudio. Y se replica esta actitud a lo largo de toda la fanaticada de la oposición; que lo digan los estudiantes que con delicado lirismo le gritaban a su entrada a los Andes al presidente: “Uribe, Paraco, el Pueblo está Berraco.” Vaya alguien a hacerle cosa equivalente a un miembro de la oposición para que vea lo que le pasa.

Y es que Petro, otrora discípulo de un dictador y que a plomo decidió conquistar el poder, hoy dicta cánones morales y éticos al país. Y lo hace porque se adueñó, junto con su pomposa catervilla, del significado de lo políticamente correcto. Ellos son políticamente correctos. El resto no. Ellos defienden “lo social”. El resto no.

Pero hay otro grupo, más numeroso y plural, de una mayoría de colombianos que buscan en la política la posibilidad de hallar y consolidar la libertad, la competitividad, la justicia social a través del desarrollo responsable, la eficiencia, la transparencia, la seguridad contra el terrorismo, la dignidad humana. Son estos colombianos quienes dieron al actual gobierno un voto copioso e histórico en las pasadas elecciones.

Quizá Petro y sus hooligans, perdón, bueno sí, hooligans, intocables por la crítica como vacas sagradas, encantadores de serpientes por su incomparable capacidad sofista no estén tan in como piensan. Para esa inmensa mayoría que no cree en su retórica, las etéreas calificaciones de lo que está o no de moda, de lo que está o no in, esgrimidas por unos cuantos listos, no valen nada. Sobre decir que con esa mayoría está el que aquí se suscribe.

Che Guevara: El Héroe que Nunca Fue


Septiembre-2006
Despierta aún el “Che” Guevara fogosa idolatría. Aglutinados en torno a su memoria rinden culto disímiles devotos; arcaicos y totalitarios izquierdistas, fatuos pseudo-intelectuales posestructuralistas, intransigentes tira-piedras, lenguaraces rebeldes contraculturales y jóvenes burgueses, de light y rococó ideario, -para usar el término de T. Wolfe (2001)- y camisetas estampadas con la efigie del comunistoide “revolucionario”. Estos, y diversos incautos –e ineludiblemente no menos de un pretencioso bufón-, dicen del guerrillero que es ejemplo de compromiso con la libertad y la justicia, entre tantas cosas, aunque la historia evidencie que su déspota ideario y arbitrarios métodos, fueron brutalmente hábiles y eficaces en reprimir los más fundamentales de los derechos. A casi cuarenta años de su muerte, del “Che” se predica aún su noble heroísmo, exótico mito que con fuerza subsiste aún en los sitios más insospechados; en el festival de Sundance de 2004, la película que en su honor fue hecha (Diarios de Motocicleta), fue ovacionada de pie por un sobrecogido público.

La admiración por el “Che” generada, se basa, sin embargo, en una fantasiosa construcción de su personalidad, de sus ideas y de sus actuaciones. Pero la comparación entre esta romántica visión y la realidad, es algo que sus fans no hacen. Y es que la amplia recordación de la que el “Che” goza, se debe a cuestiones de índole bastante superficial; su prematura muerte –con participación norteamericana-, le reviste de heroísmo; su combativa imagen registrada por Alberto Korda –tal vez la foto más famosa del siglo XX- se ve tan chic estampada en camisetas, afiches y mugs; su preferencia por la “revolución” y la “lucha” en lugar de la vida “burguesa” y “acomodada” y luego en lugar de los “lujos” del “poder”, le confiere un eterno aire de juvenil rebeldía; su elocuente prosa aún conmueve, embelesa y confunde. Las reales ideas, y métodos por el “Che” empleados estuvieron, no obstante, permeados por la violencia, y el irrespeto a la dignidad y los derechos humanos, entre otros infames atropellos. Muestras de todo ello sobran.

Como comandante guerrillero y como jefe de la prisión de La Cabaña en 1959, a cargo de la llamada “Comisión Depuradora” -tenebroso pero acertado nombre-, ordenó, tras kafkianos juicios, cientos de sumarísimas ejecuciones. Culpables, inocentes y simples desafortunados murieron bajo su yugo, directa o indirectamente, no solo en Cuba, sino también en Panamá, República Dominicana y el Congo. En el país africano, juntó fuerzas con Laurent Kabila y Pierre Mulele; bástenos saber que Mulele es recordado por asesinar a quienes llevaran corbata o supieran leer en su régimen del terror en Stanleyville. Nunca fue tan cierto aquel refrán que comienza, “dime con quien andas….” Con la muerte del “Che” en Bolivia, concluiría su macabra idea de “crear dos, tres, muchos Vietnam”, aunque los colombianos sigamos padeciendo a los discípulos de Guevara, en eso de preferir la lucha armada a la democracia deliberativa.

Estableció Guevara, en Guanahacabibes, el primero de los campos de trabajo forzado de Cuba, precursor de aquellos a donde han ido a parar (y a morir) disidentes políticos, homosexuales, enfermos de sida y religiosos, sin debido proceso ni garantías legales mínimas, sin ser culpables de crimen alguno, acusados apenas de contrariar aquel amorfo y tiránico concepto de la “ética revolucionaria”, (dura realidad captada en el famoso documental Mauvaise Conduite o Improper Conduct de 1984). Molesto tal vez por la nimiedad de su rol en Bahía Cochinos, donde salió pronto de combate tras dispararse con su propia arma, acordó Guevara en 1962, la colocación de los misiles nucleares soviéticos en Cuba. Orgullosamente diría después que, de haber estado éstos en poder cubano, los habría usado sin dilación. Fue creador nuestro “revolucionario” del servicio de espionaje G-2, y del de adoctrinamiento G-6, allí empleando toda la experiencia que en represión y torturas había adquirido la Cheka rusa, organismo que a él sirvió de musa.

Encargado de la economía cubana, el “Che” supervisó el derrumbe de la producción de azúcar, la introducción del racionamiento y el fracaso de la industrialización, (para 1963, Cuba se resignaría a no industrializar, viviendo de los subsidios soviéticos y las exportaciones de insumos primarios a países socialistas). Como lo documenta A.Vargas (2005), para 1997, los cubanos recibían 5 libras de arroz y una libra de fríjoles al mes, 4 onzas de carne dos veces al año, 4 onzas de soya a la semana y 4 cuatro huevos al mes. El estalinismo en su máxima expresión. ¡Viva la Revolución!

La acuciante realidad, de nuestros países y de sus gentes, reclama principios democráticos, donde prime el respeto a los derechos humanos, a la paz y a la legalidad, y donde se condenen los totalitarismos. Buscamos gobiernos transparentes, que con ahínco busquen el bienestar de sus ciudadanos. Debemos aspirar a que las oportunidades se hagan extensivas a todos por igual, a tener sistemas judiciales independientes y garantes de la legalidad y el debido proceso, y a la plural participación política, condenando así la desviación armada y permitiendo solo al Estado democrático el uso de las armas para garantizar la seguridad. Incumbe evitar el populismo y la demagogia y fomentar economías abiertas y productivas como manera de alcanzar la igualdad y la justicia social. Atrás deben quedar las ideas, métodos y los falsos íconos, que como Guevara, entorpecieron y entorpecen nuestras aspiraciones.

Oposición Política y Contracultura

Enero-2006
Sin mucha sorpresa seguí los sucesos que en París se acontecieron en días recientes; cientos de estudiantes levantando barricadas y bloqueando calles, buscando la eliminación de la ley de flexibilidad laboral dirigida a los más jóvenes. Con menor sorpresa aún, sigo el debate electoral actual en Colombia, en donde la facilidad con que se ventilan propuestas políticas “innovadoras” o “radicales” es directamente proporcional con su falta de aplicabilidad real. Y menciono ambos sucesos, la pseudo-rebeldía de nuestros colegas franceses y el exotismo de algunos de nuestros candidatos presidenciales para escribir sobre un concepto específico. Dicha noción tiene una influencia a veces desapercibida sobre las mentes de Occidente, incluyendo a Colombia, y particularmente sobre su juventud: esta es la idea de la contracultura.

En “The Rebel Sell, Why the Culture Can´t be Jammed” (2004), Potter y Heath comentan el rol angular que el Holocausto tuvo en determinar la vida social, política y cultural de posguerra. En efecto, del obvio rechazo al fascismo que los ciudadanos empezaron a profesar y de la curiosa asimilación entre fascismo y sociedad convencional que posteriormente hicieron algunos, se dio pie al nacimiento de la contracultura, como ideología antagónica de dicha sociedad convencional. La contracultura, (concepto introducido por Theodore Roszak en “El Nacimiento de la Contracultura”, de 1969), sintetiza el movimiento de rechazo a la cultura convencional y el intento por reemplazarla con una filosofía en cierto sentido individualista y libertaria. A la manera de Potter y Heath, la contracultura se traduce en hedonismo; si hacemos referencia al plano político de la misma, nos damos cuenta que esta se convierte en rechazo a la política electoral y en un enardecido antagonismo frente a infinidad de cuestiones propias a la política como tal. Tanto los manifestantes franceses, por ejemplo, como algunos de nuestros candidatos presidenciales, movidos ambos por una rancia retórica de izquierdas, se oponen o bien a la flexibilidad laboral, o bien al capitalismo, o al libre comercio y la globalización, entre tantas otras cosas. En expresar dicha ideología olvidan lo vital de expresar el disenso de manera constructiva y pacífica, o bien de lo importante de reformas económicas que, por ejemplo, flexibilizen el mercado laboral para generar empleo; en suma, olvidan la necesidad de encaminar los esfuerzos para que los fenómenos económicos del mundo de hoy lleven progreso real y efectivo a la ciudadanía.

En efecto, tanto las manifestaciones de los estudiantes franceses, como la evidente demagogia de algunos candidatos son apenas dos ejemplos de una variedad de movimientos e ideologías que resultan mas bien en nihilismo. Y es que, en rechazar de manera total y unívoca cosas tales como un tratado de libre comercio con un amplísimo mercado, o al legitimar la desviación violenta o armada, o al considerar que la manera de hacer sentir su voz es a través de la oposición callejera y no electoral y legislativa, lo que se ve es una respuesta netamente binaria a problemas complejos. No solo no reconocen espacios intermedios, sino que, por la mencionada elección binaria intrínseca a su razonamiento, se convierten, ellos sí, en los más totalitarios y excluyentes de todos. Curiosa paradoja que espero no sea intencional.

El Problema con la Derecha

2005
Decirse de derecha o afirmar el libre comercio es ser estereotipado; ya por autoritario, con inevitables denuncias de fascista, ya por tecnócrata abusivo, con indisolubles acusaciones de elitista u oligarca. Así las cosas, la derecha es hoy vista por muchos como negativa; símbolo de la desigualdad social, del uso excesivo de la fuerza y portadora de un sentido reaccionario de la política y de los procesos sociales. Decirse izquierdista, por otro lado, aun envuelve un cierto componente romántico, incluyente y progresista. En el tema económico todos reniegan de la lógica de mercado, lo que se traduce inequívocamente en una débil y falaz interpretación de procesos imparables, como lo son la globalización y la inevitable flexibilización de los mercados. Nadie quiere decirse neoliberal por cuanto la palabra encarna problemáticas que a primera vista aparecen como indeseables; el ajuste fiscal y el austero gasto del presupuesto público, las privatizaciones, la estimulación de la inversión extranjera, la libre competencia.

Considero, no obstante, que decirse de derechas o decirse neoliberal no puede ser sinónimo de estigmatización con forzosas repercusiones electorales, por cuanto lo uno y lo otro son ingredientes del éxito para un país como el nuestro. El problema radica, en primera instancia, en un ataque embustero y demagogo, de parte de la izquierda, etérea y light, por decir lo menos. Por otro lado, el problema también se halla en disposiciones añejas que a la derecha, y a los partidos que se asocian con esta, hacen daño, tanto en la imagen que estos expiden, como en los resultados electorales intrínsecos a su mal perfil. Finalmente, por cuanto lo que se suscita es un debate eminentemente político, el problema también es uno de marketing, es decir, uno de presentación de un ideario que, sin alteración de sus preceptos, resulte atractivo para el ciudadano común.

La izquierda democrática, en sus distintas presentaciones, se ha posicionado como un proyecto, que, sin perjuicio de sus deseos de llegar al gobierno, es más un movimiento de opinión. Movimiento de opinión en el mal sentido de la palabra, por cuanto la suya no es una reclamación realista y asequible, sino mas bien una obstinada y populista manera de entender la política y de emitir crítica sin elementos constructivos claros, únicamente para desprestigiar a sus contrarios. La oposición es fácil; no en el sentido de que lo suyo sea un discurrir calmado y sereno, sino que la oposición faculta para hablar sin consideración objetiva de las consecuencias de sus dictámenes.

El caso colombiano es bastante explicativo; el talante “guerrerista” del gobierno Uribe es, casi de manera unánime, objetado. No razona la izquierda que el terrorismo andaba rampante y sin freno, que no puede ser considerado expresión legítima de las problemáticas sociales del país, por cuanto mata, secuestra y extorsiona. A casi tres años del gobierno Uribe ya muchos se vuelcan contra este, tirando fuego contra la política de seguridad democrática sin propuestas coherentes que trasciendan del lugar común; que el país tiene un problema de injusticia social; que hay que gastar más en “lo social”. ¿Injusticia Social? Claro que sí, pero el terrorismo no es portavoz de esta y no es constructivo. ¿Más gasto social? Claro que sí, en tanto nuestro ajustado presupuesto lo permita. Así pues, la izquierda no se extiende más allá del afán inmediato, no propone coherentemente, se obstina en idear un recetario que de ninguna manera se vuelve aplicable. Lamentablemente, el ciudadano no reacciona; la Corte Constitucional emite fallos absolutamente desajustados de nuestra realidad, el Polo Democrático y el resto de la izquierda democrática se encapricha con cuestiones inaccesibles, la socialdemocracia liberal patalea irritada y todos unen esfuerzos por llegar al poder... ¿Para qué? Ni ellos lo saben.

Pero el problema no es solo externo a la derecha. Es también, y en considerable medida, interno. La derecha colombiana aun carga con un bagaje demasiado pesado, un lastre que no le permite comunicarse adecuadamente con las masas colombianas. No pretendo aquí plantear una visión completa de lo que la derecha debería ser, aunque en mi mente tengo dicho pensamiento. Quisiera hacer énfasis en un punto fundamental: lo que la derecha y lo que el conservatismo deben desechar para buscar la grandeza en el país.

El conservatismo no puede ser un partido envolvente, en cuanto su accionar se perciba en todos y cada uno de los ámbitos de la vida. Considero que su rol debe entenderse en sentido macro, como una serie de lineamientos coherentes, que piensen en el largo plazo y que procuren la estabilidad de las instituciones. Creo equivocado que el partido y en suma todos los partidos adheridos a la derecha se empeñen en la imposición de una moral como bandera de lucha. La derecha debe distinguir entre la ética, que yo diría es el respeto inviolable de los conciudadanos, de la moral, que es eminentemente una problemática propia, sujeta a los subjetivos deseos del individuo. Apruebo por tanto que el Conservatismo Colombiano no sea ya un partido confesional pero considero que ese componente incluyente que se deriva de la aceptación de todas las formas de vida, en tanto no agredan los derechos del prójimo, es eminentemente democrático y de necesaria atención. La juventud rechaza la intolerancia y los partidos de la izquierda se apropian de este debate como si fuere suyo, con repercusiones de dimensiones insospechadas. Lo que hoy concierne a los partidos es la búsqueda de instituciones virtuosas. La moral es tan subjetiva que hace mal un partido en pretender consagrar un modo de vida buena único y deseable.

Finalmente, en concordancia con el tema anterior, creo también que el problema de las derechas es uno de marketing. El Partido Conservador, y en suma, la derecha que apoya el libre comercio es tachada de excluyente. Recuerdo una interesante discusión que tuve en días recientes; me decía mi interlocutor que la primera imagen que a su mente viene cuando oye del Partido Conservador es la de un grupo de ancianos, intolerantes, fundamentalistas, ricos y autócratas. La imagen me espantó, por cuanto creo que dicha opinión no es apenas suya, sino que, con variaciones diversas, es compartida por muchos, en particular por la juventud. El problema por tanto, es deshacerse de estos estereotipos, promoviendo los verdaderos principios conservadores, que lamentablemente no tengo ya espacio para discutir, de una manera dinámica e incluyente. Bien haría el partido Conservador en cambiar su nombre, para empezar. “Conservador” en el diccionario de la Real Academia de la Lengua es “Dicho de una persona, de un partido, de un gobierno, etc.: Especialmente favorables a la continuidad en las formas de vida colectiva y adversas a los cambios bruscos o radicales.” Al Partido Conservador le es imprescindible buscar qué desea conservar y qué desea cambiar, que en Colombia, definitivamente no es poco.

Así las cosas, el problema con la derecha es la estigmatización de parte de la izquierda, la carga de ideas añejas que suscitan desprestigio y la falta de una presentación acorde a las nuevas necesidades. La problemática del Conservatismo se deriva de esto. Pero esta realidad debe ser enfrentada con vigor y sin demora. Parafraseando a Gilberto Alzate Avendaño, el Partido debe empeñarse en ser uno “tradicionalista revolucionario”; de unos principios fundamentales, se dispone a dar la batalla democrática por el cambio y el progreso de nuestro país. ¡Esto ya escapa al ideario conservador!, dirán algunos. Yo digo que las ideas están ahí; que el Conservatismo las asuma como propias para alcanzar la grandeza, o que se las deje a otros, es alcanzar el éxito o firmar su sentencia de muerte, espectadores apenas del triunfo de quienes sí las asumieron como suyas.

El Glosario del Saber

Abril-2007

Cierto grupo de “intelectuales” colombianos, a fuerza de repetición e ininterrumpido berrinche -y del dadivoso trato que los medios les procuran- ha buscado incorporar en el imaginario nacional, como incontrovertibles verdades, un número de arbitrarios prejuicios. Esta supuesta intelectualidad ha publicitado -y continúa haciéndolo- una serie de sosas ideas, que sin embargo gozan del privilegio que les otorga su carácter chic y contestatario. Así, estos líderes de opinión de facto, han creado un glosario de palabras, que constituye “el saber”; aquel que está de moda y que buscan imponer.

Cuestión perjudicial para Colombia, pues tales ideas son irreflexivas y rara vez fundamentadas. Surgen de los propios prejuicios y vanidades de una élite que busca acaparar el debate intelectual y cuyo bienestar económico le permite opinar y hablar con suma ligereza, desdeñando sus implicaciones. Sus opiniones se sitúan generalmente dentro del paradigma de la rebeldía contracultural, de la burguesía que se esfuerza por posar de rebelde y romántica, de las contingentes opiniones que cambian con esquizofrénico vaivén. Así, esta insípida intelligentsia nubla la visión de los colombianos, frenéticamente repitiendo los mitos que ensalzan sus cómodas tertulias. Veamos tales mitos, veamos una reducida versión de su glosario del saber.

Capitalismo: El peor de los sistemas, multiplicador de la pobreza (suena bien decirlo, aunque la historia demuestre lo contrario.)
Castro: Revolucionario genuino (Ciegos ante una cruda realidad.)
Comunismo: “El comunismo nunca fue puesto en práctica como debía ser” o “En teoría es perfecto, pero lo aplicaron mal” (¿Suenan familiares estas frasecillas, casi slogans? Evidentemente, estos “intelectuales” jamás tuvieron el dudoso gusto de los cupones de comida.)
Derecha: La raíz de todos los males (Y se ensañan, con fanático rigor, en asemejar a la derecha democrática con las dictaduras militares.)
Estados Unidos: El más grande explotador, genocida etc etc de la historia; culpable de todos los males colombianos y latinoamericanos y mundiales (poco importa la autocrítica y la solución de los problemas propios, que los chillidos antiimperialistas siempre sonarán mejor.)
Guerrilla: Solución Pacífica. Solución Pacífica. Solu... (Listos a tolerarles todo, que sus razones las consideran valederas y sus métodos entendibles. Y suponen, erróneamente, un pacifismo intrínseco a los “rebeldes”.)
Izquierda: La solución a todos los males (Se sueñan un Mayo del 68, con poéticos graffitis incluidos.)
Libre Comercio: Método mediante el cual los países ricos explotan a los pobres. (Aunque poco han estudiado el tema. Es más chic criticar al “imperio” en candente verborrea.)
Multinacionales: Explotadores (¿Qué será más risible? ¿Dicha falacia o las alucinantes ideas de granjas colectivas y “soluciones alternativas” similares?)
Paramilitares: Uribe es paramilitar. Uribe es paramilitar. Uribe es paramili… (El senador Robledo, arisco hombrecillo, arquitecto experto en guadua, uniandino y “revolucionario”, acuñó ya palabra que resume tan estrambótica y delirante postura: “parauribismo”.)
Uribe: Fascista (¿Por qué? Suena mejor criticar a quien la mayoría apoya pues suponen les confiere un aire de superioridad.)

Erróneos Paradigmas (I)

22-Febrero-2007
Son varios los descaminados paradigmas que a nuestro país hacen daño profundo. A grandes rasgos, diría que en el país se vilipendia el capitalismo, la globalización y el libre comercio, se tolera aún la desviación armada y se legitima todavía la generación de riqueza que esquiva la justicia de un verdadero imperio de la ley. Tales situaciones en perjuicio del país, que en razón de esto, poco crece, malamente se desarrolla, y pervive en medio de la pobreza y la violencia. Quisiera referirme en este sucinto escrito a los dos primeros temas; quede para futura ocasión, por restricciones de espacio, el tercero y algunos otros.

La Metamorfosis
Si quisiera alguien acometer obra de filantropía, debería enviar de viaje a China a miembros de diversos estamentos del país, particularmente a sindicalistas, a algunos académicos y forjadores de opinión y a miembros del partido Liberal y del Polo. Bien haría a Colombia que vieran cómo se desmonta el sistema económico comunista y se pasa a una economía de mercado, con generalizado éxito. Me acusará el escéptico lector de desestimar las diferencias entre China y Colombia. No las niego. Digo apenas que China es ejemplo perfecto del triunfo del sistema capitalista de libre mercado sobre las teorías que privilegian el manejo estatal de los medios de producción y, en suma, de la economía. Buena lección, que debiera abrir espacio para análisis de cierta altura, tendiente a incrementar nuestra competitividad. Lo resume A. Oppenheimer: “Un crecimiento anual [chino] de más del 9 por ciento en varias décadas, 60 mil millones de dólares en inversiones anuales, 250 millones de personas rescatadas de la pobreza (…)” Hoy, relata el mismo autor, gracias por ejemplo a la consagración de la propiedad privada y de los derechos de herencia en la Constitución de 2004, el Estado chino controla menos del 30% del producto bruto nacional y hay 3,8 millones de empresas en manos privadas.

Las libertades de los ciudadanos chinos son aún reprimidas, cuestión que contradice los ideales que acojo; sin embargo, el punto es que la metamorfosis económica china debiera, por si sola, motivar el estudio del falso paradigma que desdice de las economías de mercado como manera de crear, y generalizar riqueza para una población. Esto sin contar que, siguiendo a Friedman, la libertad económica traiga consigo mayores libertades civiles y políticas, tanto para los chinos como para los latinoamericanos.

¿Podrá competir Colombia contra China? Y no solo contra ella. Irlanda, diversos países asiáticos y los antiguos regímenes comunistas europeos –sujetos de metamorfosis similares a la china- se convierten en fuerte competencia. Aquí, aún no hay siquiera acuerdo sobre el modelo de desarrollo, y creen muchos que la globalización y la apertura comercial del mundo es fenómeno refrenable. Lastimera situación; a Colombia hace inmensa falta el debate informado, los acuerdos y la búsqueda de una mirada un tanto más objetiva de las realidades económicas, ajena ya al injustificado dogma.

Criando Cocodrilos
Voces muchas en este país, de tiempo atrás, han tolerado la desviación armada, con exhibición de erróneo vanguardismo. En un estado moderno y democrático, esta no debe tolerarse; solo así se puede asegurar la subsistencia de las libertades e instituciones y, eventualmente, de la paz. La coerción ha de ser facultad exclusiva del Estado y la desviación armada debe combatirse, venga de donde venga, de dentro o de fuera. Añejo es ya, entre otros, el ensalzamiento a guerrillas tenidas por “buenas”, cuyos antiguos integrantes poco se cansan de repetir las bondades de la violencia por ellos emprendida, así como de negar sus tendencias piromaniacas.

La absoluta oposición a las expresiones violentas y armadas debe convertirse en política de estado de nuestro país, garantizando así la estabilidad y prosperidad a largo plazo, política esta que debe mantenerse así busquen algunos permearla de duda. Considerar, por ejemplo, que porque un jefe de estado no tiene experiencia en combate o porque sus propios hijos no integran el ejército, este no puede comandar las fuerzas armadas, o explotar negativamente la situación de los heridos en combate -que si no fueron reclutados ingresaron por voluntad propia- o recubrirse de una actitud que pretende ser políticamente correcta pero que deviene en la inacción, son actitudes generalizadas de muchos, aquí y en países diversos, que son usadas específicamente para debilitar una necesaria política de estado. Es alto honor, de suma importancia, que un jefe de estado detente las características que se anotan y los heridos son dignos de admiración y sus reclamos de respetuosa consideración, pero no pueden estas cosas ser usadas por algunos para dañar una política imprescindible.

Lo dijo Churchill con magistral sapiencia, refiriéndose a la tesis del “appeasement” que tanto terreno permitió avanzar a la Alemania nazi. Al regreso de Chamberlain, tras la firma del Pacto de Munich, dijo Churchill: “Pudo usted elegir entre la guerra y el deshonor. Escogió el deshonor y tendrá la guerra.” No sin razón decía el primer ministro, “Un appeaser ( literalmente, apaciguador; algo así como pacifista) es aquel que alimenta un cocodrilo, esperanzado en que le devore de último.”

Izquierda y Derecha

Enero-2007
Andrés Oppenheimer, en reciente columna publicada por la revista Cambio, escribe: “(…) los conceptos de "izquierda" y "derecha" han dejado de tener sentido. La dicotomía en el siglo XXI, más bien, es entre los países globalizados, y los países aislacionistas.” La dicotomía propuesta por el versado autor y periodista es importante, pero diría que la distinción entre derecha e izquierda es aún válida en si misma. Considero, sin embargo, que ha evolucionado, y que es factible describir apenas sus rasgos esenciales, su variado espectro siendo generado casuísticamente, por disímiles entornos socioculturales y políticos.

En mi opinión, durante el siglo XX –que el análisis de la cambiante antítesis entre reacción y reforma anterior al pasado siglo será para otra ocasión-, los dominantes sistemas capitalista y comunista podían categorizarse fácilmente como de derecha e izquierda, respectivamente. La propiedad privada se constituía en punto vital de la distinción, pues la democracia y libertades públicas como diferenciación traían consigo una carga subjetiva debatible por adeptos y contradictores. La caída del comunismo complejizó la distinción.

A mi parecer, la derecha y la izquierda subsisten, y pueden distinguirse tanto versiones racionales como, digamos, exóticas. La derecha y la izquierda en su versión racional, han acordado ya la existencia y protección de la propiedad privada y el sostenimiento y no conculcación de las libertades públicas. La derecha privatizará, tributará menos, y minimizará el tamaño del Estado. La izquierda buscará mayores tributos, tal vez subsidiará y tendrá posiblemente un Estado más grande. La derecha será respetuosa de las minorías, pero será como tal una colectividad posiblemente más homogénea, de un trasfondo sociocultural tal vez más tradicional. La izquierda, compuesta de mayor número de minorías, propenderá por los que considera sus derechos.

Del lado de la derecha más exótica, tendríamos una propensión antidemocrática y de tendenciera aplicación de los derechos humanos y las libertades públicas, con inclinaciones tal vez sectarias y racistas. De activa y desmedida protección al gran capital en perjuicio de los menos favorecidos por el mercado, promoviendo tales medidas precisamente citando la necesaria prevalencia de las reglas de este. De parte de la izquierda más vocinglera y exótica tendríamos el vituperio constante a la propiedad privada, la permisividad con ciertos totalitarismos, la romántica visión frente a la lucha armada y los energúmenos que mediante esta se hicieron con el poder. Combatirá torpemente la globalización, el mercado, el capitalismo y el “Imperio”, infantilismo superado por sus colegas racionales.

Es así que, en el debate democrático, en tanto no sean contrarias a la ley, las diversas posiciones han de enfrentarse unas con otras, aun cuando no pretende este columnista negar su preferencia por la derecha “racional”. Nótese que inevitablemente existirán variaciones ideológicas, creadas por el entorno; el partido Republicano estadounidense me parece distinto a diversos partidos de derecha latinoamericanos, por ejemplo. Se ha extinguido ampliamente, sin embargo, la derecha de tendencia totalitaria. ¿Se extinguirá la izquierda desfachatada?, ¿Dejará el romanticismo subversivo y despótico a un lado y sus agotadores e inútiles alaridos de “Yankee Go Home”?